Y resulta que ser yo conmigo misma
ha sido
(como diría mi madre):
“medicina santa”,
“agua para el sediento” o
la ilustración perfecta para el relato perfecto…
El miércoles nos sentamos
ella y yo:
la que suelo ser y la que soy
(aunque casi siempre seamos la misma)
y dialogamos.
Todo fue distendido y pacífico,
sin rodeos y
disfrutando un cigarro más un café…
… una conversación con este entorno,
es imposible que fracase en mí:
¡somos así los adictos!
Llegar al alba no fue complicado
y acabar carcajeándonos después del llanto,
tampoco…
Y yo que me encontraba perdida,
sólo había de buscar,
charlar con la que soy a veces y otras no
para liberarme y
recoger los pétalos que se nos habían caído a ambas.
Y resulta que para conseguirlo
sólo tuve que mirar,
deleitarme con mi belleza
y recordarnos,
a la de siempre y a la otra,
que si la búsqueda es eterna
es porque yo también lo soy.
Mi feminidad es así de transparente,
sólo a veces, no sé reconocerla.








